BAJO UN INOCENTE SOL CEGADOR
Los chicos juegan sin hacer sangre
en el patio abarrotado de luz.
Les rodean cuatro paredes donde
puedes leer:
Ezra Pound no estuvo aquí;
Whitman no estuvo aquí;
Bukowski no estuvo aquí.
Es un juego fácil:
consiste en olerse el culo unos a otros;
leerse unos a otros;
exponerse;
mentirse y aceptarse.
Su éxito siempre funciona en habitaciones pequeñas,
para que la trampa no sea descubierta.
Los chicos se regocijan con su jueguecito
porque es divertido para ellos,
no duele:
para ellos,
la poesía no es cuestión de supervivencia.
Y el mundo engendra mil de éstos cada diez años.
Son las putas del negocio.
Sí,
son las zorritas de culos blandos armando escándalo
y eclipsando
el aullido que nace en las cavernas.
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