EL HOMBRE ATRAPADO
El demonio me ha prestado un Panzer
para recorrer la ciudad:
no hay otro modo de hacerlo.
He vendido mi alma al diablo
para no ser atrapado por el hombre;
aun así he hecho un nudo con el cañón,
para no hacer la labor del diablo.
Yo sólo me concentro en observar
hombres crucificados,
y en no ser atrapado con los engaños
que les atraparon a ellos.
Soy un solo hombre en una ciudad en guerra;
soy un soldado calculando sus posibilidades
de supervivencia,
con una mueca en la boca, casi una sonrisa,
porque no me han cogido aún;
pero también soy un hombre aterrorizado
cuando veo lo que han hecho con otros de mi especie,
o lo que se han hecho ellos mismos
(la mayoría de las veces es fuego amigo).
No es agradable ver la mutilación de los inocentes;
el gas letal que los envuelve sin que ellos se den cuenta;
el silencioso genocidio de toda una especie,
que en algún momento de la historia
se convirtió en carne de cañón.
Observo esos rostros en sus cruces,
y no puedo imaginar que fueran niños,
porque ya sólo veo odio (hacia mí),
y descubro que yo soy su enemigo,
sólo porque yo sobreviví a la devastación.
Atemorizado, huyo de la ira
del hombre atrapado,
que es ahora
la peor de las bestias en la faz de la tierra:
todo su miedo convertido en odio;
todo su ingenio
invertido en la bomba nuclear;
todo su tiempo dedicado a la persecución
del hombre libre,
para transmitirle el veneno
que a él le fue transmitido,
para perpetuar la plaga
hasta que no quede un hombre libre en el mundo.
Yo aun sigo en mi ciudad,
bajo 10 centímetros de grueso acero,
esperando la inevitable dentellada.