UNA PROCESION
La ciudad exudaba hombres
de andar mortífero
por todas sus arterias.
Y a cada momento, era advertido
por todos los rostros,
que en realidad eran uno solo y horrible:
-¡Esto no es un juego, amigo,
ándate con cuidado!.
La ciudad era
un gran cuerpo doliente;
un éxtasis de dolor.
Atravesé rostros serios
de hombres y mujeres que contemplaban
a niños vestidos de blanco
abriendo la procesión:
también ellos serios,
crueles,
como ángeles sin risa.
Y la virgen también estaba
seria,
pálida y seria,
mientras se abría
paso a empellones
entre la multitud
expectante;
y todos querían pensar en
Muerte
Muerte
Muerte.
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